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Manuel Bernáldez / @linthucillo

En el siglo XX tuvieron lugar algunos de los acontecimientos más importantes de la historia. A pesar de que todos conocemos el contexto social y político de cada uno de ellos, existen una serie de sucesos y pequeñas anécdotas que han caído en el olvido y que, de vez en cuando, es conveniente recordar. En el ciclismo pasa algo similar. La mayoría de deportistas son conocidos por sus grandes gestas y hazañas, pero otros, más allá de sus intereses profesionales, han contribuido a la historia de un pueblo, ciudad o nación de una forma singular. Este es el caso de Gino Bartali.

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El italiano nació en la provincia de Florencia, concretamente en el verano de 1914, siendo el tercero de cuatro hermanos de una familia de granjeros. A los 13 años, se vio obligado a empezar a trabajar, curiosamente en una tienda de bicicletas. Desempeñó el cargo de dependiente y ejerció de aprendiz de mecánico hasta que su afición, unida a una tremenda capacidad ahorradora, le llevaron a adquirir una bicicleta de carreras, todo un lujo para la época (1928).

Homenaje a su hermano caído

Su carrera ciclista comenzaría en el año 1933, momento en el que se alzaría con el título de campeón de Italia juvenil. A pesar de este inicio demoledor, la dolorosa muerte de su compañero y hermano Giulio en la carretera estuvo a punto de anticipar su retirada. Por suerte, sus familiares lograron convencer al florentino y le animaron a seguir luchando para triunfar en las mejores pruebas del mundo con el fin de homenajear a su amigo fallecido. Dicho  y hecho.

Bartali logró imponerse en el Giro de Italia de 1936 y 1937, e hizo lo propio en el Tour de Francia de 1938. Precisamente, esta última gesta, dada la repercusión política de la misma, le valió para ‘ganarse’ el seudónimo de ciclista del régimen. Un año después, la eclosión de la II Guerra Mundial frenó en seco la progresión de un ciclista destinado a dominar el pelotón internacional. Durante el conflicto bélico, el italiano aprovechó su popularidad para eludir los embates de la guerra y no ser reclutado a filas.

Ciclista y héroe durante la guerra

Como toda la sociedad italiana de la época, Gino Bartali ansiaba que llegase la paz, una paz que había sido quebrantada años atrás con la aparición de las armas, el hambre y las enfermedades. Él continuaba entrenando, impaciente por demostrar que su mejor momento no había pasado. Lo consiguió. Tras el fin de las hostilidades en 1945, el valeroso ciclista triunfó en el Giro de 1946 y el Tour de 1948, además de sumar varias victorias de entidad a su excelso palmarés.

No obstante, hay algo que el florentino guardaría en secreto hasta su muerte, el 5 de mayo de 2000. En 2003, el mundo conoció su faceta más humanitaria. Durante la guerra, Bartali consiguió salvar a cerca de 800 judíos que iban a ser deportados a los campos de concentración. La pregunta es: ¿cómo eludía los severos controles impuestos por el totalitarismo de la época? El corredor de Ponte a Ema gozaba de una popularidad que traspasaba fronteras, e incluso los alemanes sabían de su enorme talento sobre la bicicleta. Por ello, su propia presencia provocaba que las inspecciones rutinarias fuesen mucho menos rigurosas.

Así, Bartali aprovechaba sus entrenamiento de gran kilometraje para desmontar su bicicleta e introducir en el interior de los tubos de acero del cuadro varios documentos falsificados que habían sido expedidos por una serie de funcionarios italianos que colaboraban con dicha red humanitaria. Con ellos, los judíos que se encontraban en el ‘país de la bota’ lograban el permiso necesario para traspasar la frontera que separaba Italia de Suiza y, de este modo, poder escapar de las garras del fascismo. Esta historia, salpicada por la bondad y solidaridad de un humilde ciclista florentino como Bartali, permaneció en el anonimato hasta que el diario de uno de los artífices de la trama delató al afamado corredor. Sin duda, un héroe.